Nace una falla

Nace una falla


    El embrión de la falla es la idea, que sugerirá múltiples escenas adecuadamente relacionadas. Aunque alguna comisión proponga el tema es el artista, fundamentalmente, el encargado de exponerlo en el boceto, dibujo que resume la esencia del monumento. Dibujantes hay especializados en bocetar fallas que se convierten en extraordinarios colaboradores de los artistas:Raga, Ramón Cabrelles, Soriano Izquierdo y Luis Dubón fueron solicitados bocetistas, a los que sucedieron Boluda, Vicente Lorenzo y Ortifus, con sus inolvidables «Una camita al aire», falla de la calle Blanquerías y la«La clonación«, de Convento Jerusalén-Matemático Marzal. También resulta fecundo el diálogo de veteranos mie

mbros de las juntas directivas con el artista, aunque esta circunstancia sólo suele advertirse en las fallas principales.

 

    Si es aprobado el boceto, el artista lo materializa en la maqueta de arcilla o plastelina (escala 1:20), de manera que al ofrecerlo bajo las tres dimensiones se aprecia con gran facilidad la estructura y composición de la falla, así como las secuencias.

 

      La presentación de la maqueta y firma del contrato con el artista son efemérides festivas en el casal y, en ocasiones, dan pie a actos sociales y cenas a las que concurre toda la comisión y familiares. La falla, a partir de tan solemne momento, comienza a desarrollarse como algo viviente que exige cuidado y total dedicación.

 

    En el taller, la maqueta se secciona igual que si se tratase de las piezas de un gran rompecabezas y se inicia el modelado del remate y de los «ninots», que tendrán que ensamblarse con total precisión en la «plantà».

 

    En el remoto pasado quedan los «ninots» de la madera recubierta con paja y careta aplicada a una informe cabeza de tela; figura rudimentaria que se vestía con ropa vieja. Después llegarían los «ninots» de cartón con cabeza y manos de cera, también vestidos con ropa, pero nueva y adecuada; hasta que se modelaron totalmente en cartón. Esta técnica empleada hasta hace pocos años –y aún mantenida por algunos–, seguía el siguiente proceso: a partir del modelado en barro de la figura, se obtiene un negativo en escayola, dividido en dos. Se trocean hojas de cartón, se mojan y se pican con el fin de volverlas dúctiles; se empapan en engrudo (mezcla de harina y agua más sulfato de cobre o piedra lipi) para colocarlas después y lograr sucesivas capas. Cuando el cartón está seco se extrae la pieza que, unida a la otra, compone la figura. Luego se repasa su superficie con engrudo rebajado, se pegan pequeñas tiras de papel de periódico con el fin de rellenar algún hueco y desnivel; se remodela de «pasteta» (masilla de raspaduras de cartón tamizadas, engrudo, cola de carpintero –«blanc de panet»– y unas gotas de aceite de linaza) para resaltar la expresión del rostro (acentuando cejas, pómulos y labios); y se acondiciona para ser pintado;fase que se conoce por «dar de panet», consistente en recubrir la superficie del cartón con cuatro capas sucesivas de pasta (cola de conejo, agua y blanc de panet), aunque ahora tal procedimiento se ha sustituido por la pasta industrial «gotelé». Por último, se lija la figura dejándola totalmente lisa y se pinta al plástico o al óleo.

 

    La utilización del cartón ha sido sustituida, en la mayoría de las fallas, por el poliuretano expandido (el «suro blanc» en el argot). El conglomerado, en bloques y láminas de diferente grosor, no requiere modelado puesto que se talla directamente, economizando horas de trabajo. No obstante, si tiene una porosidad pronunciada se le da una capa de pintura a pistola. Visitar los talleres a lo largo de unos meses y conocer el proceso de la elaboración de las fallas resulta fascinante, máxime cuando se sabe que todo tan meticulosamente y con tanta ilusión trabajado, tiene como destino el fuego. Sin embargo, son pocos los valencianos –exceptuando los del mundo fallero– que sienten curiosidad por conocer «in situ» la realización de los monumentos que tanto les enorgullecen durante los días de fiesta.

 

    En ese descubrimiento de artesanos con dedicación especializada hay que citar a los carpinteros, de quienes depende la estabilidad de la falla, tan audaz en muchas ocasiones que es puro desafío al equilibrio de volúmenes. El carpintero se responsabiliza de la construcción del caballete o base, gran caja de madera de distintas formas, que se apoya en el suelo –donde se echó arena– y se sujeta con sacos terreos. El caballete es el soporte de las torres o ejes de sustentación;toda la estructura interna, desconocida y necesaria para resistir el peso de los materiales y el viento inesperado, que asombra por la perfección matemática.

 

    También los carpinteros son los autores de los «esqueletos» de las grandes figuras, que consiguen con anillos de madera curvada (siempre de acuerdo con la escala establecida) y cubren con «vareta»; a ella destinan los mejores tablones, que ponen a remojo durante unos minutos, para conseguir mayor ductilidad, si las curvas son pronunciadas. Por último, cuando el remate y los «ninots» ya son figuras blancas en espera del pálpito del color, intervienen los pintores que han de lograr una unidad cromática a la vez que ésta entone con el ámbito donde se ha de levantar la falla; resulta completamente distinta la influencia de los tonos desvaídos de una vieja plaza, que la perspectiva de una moderna avenida; el gran espacio abierto o las cercanas fincas de un cruce de calles.

 

    El colorido es esencial teniendo presente que la iluminación de la noche bajo potentes focos, igual puede resaltar efectos buscados que restar la armonía policromada que se aprecia durante el día.

 

    Los artistas son únicos en camuflaje estudiado; en la plaza de Na Jordana, la alta columna pétrea coronada por una imagen de la Virgen queda disimulada entre el barroco monumento; y en la plaza del Pilar se ha estado colocando un telón de 200 metros cuadrados –realizado expresamente según la falla– para ocultar un antiestético paredón de solar. Aunque el artista suele dominar la pintura, para las fallas importantes también se cuenta con la colaboración de especialistas. En este punto recuerdo las palabras de Julián Almirante, director del Departamento de Restauración del Museo de Bellas Artes de Valencia, quien siendo estudiante trabajaba en los talleres falleros:«Son ­–dijo– como aquéllos del Renacimiento;junto al maestro o artista, van formándose en distintas técnicas.  Los ensayos de acoplamiento de piezas son constantes a partir del mes de febrero, dado que las figuras del remate, por sus grandes medidas, nunca pueden salir completas del taller. La actividad se multiplica y, con ella, los nervios, la ansiedad. Los artistas siguen hasta la última semana pendientes de cualquier suceso actual, que escenificarían sin dudarlo buscando el modo de integrarlo a la falla.

 

        Dos semanas antes de la noche de la «plantà», los vehículos adecuados para el transporte comienzan su peregrinaje y los «ninots», adivinados dentro del envoltorio plástico, miran y son admirados por nuestra gente. Las fallas han llegado.



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