Vestimenta: Damasco, brocado y espolín

Vestimenta: Damasco, brocado y espolín


  Gracias al arraigo de la indumentaria por el gran lucimiento que las fallas propician, Valencia es la única ciudad de España donde se mantiene la artesanía sedera en telares manuales. La belleza del damasco, caracterizado por una sola urdimbre y una sola trama, en donde el revés del tejido es el negativo del derecho; la delicadeza del brocatel: dos urdimbres y dos tramas mediante máquina Jacquard y lizos; y el deslumbrante espolín, tejido como el brocatel pero con lanzaderas pequeñas (de las que toma el nombre) y que no van a lo ancho de la tela, logrado con sedas, plata y oro, son un alarde textil. Basta reseñar que un metro de espolín tipo medio viene a rondar las 90.000 pesetas, aunque un espolín extraordinario roza las 200.000 pesetas y para el traje se emplean de diez a doce metros. «En un día solamente puedo conseguir 20 centímetros de espolín. Al año, no puedo comprometerme para más de cuatro trajes.» Las palabras son de Vicente Enguídanos Grancha, el tejedor artesano que trabaja en una singular vivienda no lejos del barrio de Velluters. Su bisabuelo ya tejía en Requena; su abuelo continuó con el oficio en Valencia y llegó a ser encargado de la fábrica de Sanchis Romero. Su padre se formó en diversas fábricas y se independizó al casarse, adquiriendo telares que parecen ser de finales del xvii, aunque las máquinas auxiliares son de principios del xix. 

 

       La tradicional Casa Catalá ha alcanzado la séptima generación. Toda una institución en Paiporta, la saga de «velluters» tiene su raíz en el barrio sedero de Valencia, en la calle del Hospital, donde se fundó la fábrica dedicada a la torcedura de la seda. Sesenta telares manuales llegaron a funcionar en la elaboración de terciopelos y tejidos para embozos de capa. Con el tiempo, siempre adoptando la innovación técnica, llegó la ampliación a hilados en los que se incorporaron algodón, lino y rayón; y el mercado se abrió al mundo exigente en tapicería y decoración; como también se abrió a la alta costura para trajes de novia; de Catalá fue la seda de dibujo modernista que lució la infanta Cristina en su boda. Claro que jamás se abandonaron los telares de los hermosos espolines como el «San Rafael», «Consuelo», «San Andrés», «Carpio», «Espigas Belmonte», «La Emperatriz», «Lazos», «Tetuán», «Nacimiento», «Árabe» y el emblemático «Veyrat».

 

    De la demanda de espolines, tan costosos de realizar, lo certifica el encargo en la primavera de 1998 para la fallera mayor de una falla de la sección especial que será nombrada en el año 2000.

 

    La fábrica Garín en Moncada data de 1820, como consta documentalmente. La rige siempre la misma familia que se halla en la séptima generación. En ella se siguen utilizando telares del siglo xviii. Se especializó en riquísimos tejidos para casullas y ornamentos religiosos, que volvieron a tener nuevo auge en la década del cuarenta. Antes de la guerra se les encargó un tejido –con cheque en blanco– para obsequiar al Nuncio de Su Santidad. Se denominó «Nuncio» y solamente se podían lograr 30 metros en un año; su valor hoy se considera incalculable, como el del espolín «Cid».

 

    Con el tiempo, las capas pluviales y los mantos de la Virgen cedieron su primer puesto a los trajes de labradora para las falleras mayores, especialmente hasta 1970, cuando el título era patrimonio de la aristocracia.

 

    Al margen de la tapicería de alta calidad, los telares de pedal y lanzaderas se emplean para ricos espolines como: «Noble», «Carpio», Alcázar», «Jerusalén» «Ramito», «Primavera», «Zarza», «Reina» y el espolín estrella de la casa, «Valencia» (20 colores más plata y oro).

    También en la comarca de la Huerta, en Burjasot, radica la fábrica sedera de los Hermanos Miralles, saga que se inició en Alcoy hace más de un siglo con un tejedor que hilaba y tintaba.

 

    Los Miralles exportan tapicería lujosa, pero cuentan con operarios especializados en los telares manuales; los que exigen dominio del oficio; los que mantienen viva la historia de las sedas valencianas. Remontémonos; aquellas que se introdujeron en Europa destacando por su filatura, colorido y estampación, siendo un Papa, Alejandro VI, quien impulsó la exportación a Italia, ya que ennobleció con damascos, brocados y tisúes su residencia y gustó de realzar con ornamentos la pomposidad de las ceremonias.

   

    La seda, que arraigó en Valencia con los árabes, traída de las islas de Sicilia, Candia y las costas de África, se enriquecería después de la Conquista (1238) con la llegada de artesanos especializados de Flandes, Italia y Francia.

 

    Cargado de siglos se recibió el legado sedero; todavía con vigencia de gremio –que se fundó en el siglo xv, con Ordenanzas promulgadas por Fernando el Católico el 13 de octubre de 1479– y bajo el patronazgo de San Jerónimo, elegido por creer que fue el primer cardenal que utilizó vestiduras de seda.

 

    El gremio dispone de sede propia, la Casa-Huerto del Colegio del Arte Mayor de la Seda en la calle del Hospital número 7. Monumento Histórico-Artístico desde 1981, es un palacio de abolengo con el relieve de San Jerónimo en la portada (obra de Ignacio Vergara), puerta adintelada de piedra labra barroca y un interior enriquecido con pinturas esgrafiadas, zócalos, pavimento y hermosos paneles de azulejería en los que se representan los emblemas de los «velluters»: león, capelo, lanzadera, hierros y «tallarolas».

 

        Sedas de ayer y de hoy; primor nacido en un pueblo que no mide el tiempo cuando trata de conseguir belleza. Un pueblo de devociones particulares, cuyos huertanos llevaban los gusanos de seda a «beneir» o «batejar» a la Virgen de Campanar para que fuesen «cucs filaners».

   

    Todo un devenir de tradiciones tejidas delicadamente como el espolín.

(Textos: María Ángeles Arazo, "Fallas, delirio Mediterráneo")



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